Museo Nacional de Bellas Artes, 27 de marzo – 14 de julio
Enfrentarse al desnudo a
la obra de Sergio Larraín puede situarnos ante una serie de prejuicios.
Comenzando por el origen familiar del artista, de los Larraínes adinerados, de
esos que manejan Chile. Que Larraín
Vial, una de las corredoras de bolsa más importantes del país auspicie la
muestra y toda la parafernalia que esto involucra, que el Museo de Bellas
Artes, el Metro, la Dibam, Transantiago y TVN entre otras, como si la cultura
en el país fuera algo tan cotidiano que involucra la energía de un montón de
organismos para auspiciar a un fotógrafo. Esos mismos que en Chile tienen que
vivir de matrimonios y eventos sociales de los ejecutivos de estas mismas
empresas, esos que son tratados como unos sirvientes más, esos que con esfuerzo
juntan apenas unas cuantas lucas para tomarse rincones de la ciudad y poder
mostrar algo de su obra artística, de su juego, en un panel de la construcción
de un edificio o en un paso nivel. A diferencia de un Larraín que fue enviado a
estudiar a Europa cuando decidió el camino del arte, dando cuenta que la
fotografía en el siglo XX fue una cosa de elite y para la elite.Junto con el origen de Sergio Larraín, también en su obra podríamos encontrar elementos que molestan, en el fondo, por ejemplo, el uso de los niños vagabundos de Santiago, como esa estética que Chaplin nos mostró años antes y que incluso toda una estética durante el siglo XIX puso incapié en ello. Entonces ¿qué es lo nuevo que nos muestra el fotógrafo? ¿Una radiografía de Chile, como para situarnos dentro de la vanguardia de lo visual? Esa apropiación es molesta, aparte nos hace pensar en el rol de la fotografía, los modelos dejan su alma para el lucimiento de un tipo que tuvo los medios para captar ese instante. Lo mismo con los bares y prostíbulos de Valparaíso, después de tener las décimas populares y las cuecas choras, pareciera que Larraín tan sólo se queda en la superficie.
Pero quitémonos el prejuicio del resentimiento social y vamos un poco más allá. Claro está que no hay que nacer en cuna de mimbre para ser un buen artista. Todo lo contrario, el oficio y la perseverancia son finalmente los jueces, y el tiempo es quien les da la razón si sí o si no. En el caso de Larraín el tiempo ha acrecentado su obra y no es casualidad, su composición es exquisita, todo se ve enmarcado con una sutileza envidiable, la luz es su aliada siempre. El buen ojo del fotógrafo indudablemente lo sitúan en un nivel alto. El blanco y negro realza en varias ocasiones ciertos detalles que muestran la belleza donde no la hay.
Es así como esta obra me llena de contradicciones, me llevé el reto de mis amigos fotógrafos porque en su biografía hay mucho de lo que se escapa a ese prejuicio inicial, él estuvo donde las papas queman en momentos de difícil acceso, fue pionero en esta radiografía (más bien fotografía pero sería redundar en él mismo) y dejó constancia de la realidad de lo precario. Lo que nuevamente trae a colación que esto es de elite, al parecer enfrentarse a su obra sin considerar su biografía es inútil. Si no conocemos de técnica fotográfica que nos queda, sí, es cierto que son bellas fotos, ¿pero qué más?, me encantaría tener esa sensibilidad y ver lo que los otros, no sólo porque es cool o es Sergio Larraín, el gran fotógrafo, con ese tremendo libraco a todo cachete que se imprimió hace un tiempo.
Pero
me quedo con Cortazar que decía que un cuento era comparable a una fotografía,
que debe ganar por knock out a
diferencia de la novela que gana por puntos. El mismo Cortazar que le dedicó el
tremendo cuento ‘Las babas del diablo’ que inspiró el brillante film Blow-up de
Antonioni, y que a su vez tuvo la musicalización exquisita de Herbie Hancock.
Lo que muestra el alcance de una obra que soy incapaz de percibir, porque para
mí la fotografía de Sergio Larraín no gana por knock out, sino que apenas lo hace por puntos, pero soy un juez
ignorante en el tema, seguro habrán a quienes la patada en lo’hocico de la foto
de una niña hija de un pescador en Puerto Montt lo haya botado sin poder volver
a levantarse, mientras tanto me detendré a mirar la instalación de un colectivo
de fotos y las encontraré buenas, no sé si me emocione como con un libro o la música,
pero esa es la incapacidad de quien le hablaΩ
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